Carlos Duguech - Analista internacional

Si a un escritor de ciencia ficción, emulando a Ray Bradbury, se le ocurriera escribir “El guerrero invisible” y lo hubiera diseñado de tal forma que tuviera un poder mortal sobre la humanidad toda, probablemente sería -en breve tiempo- un best-seller. Inauguraría, tal vez, una saga literaria por las inusuales características del guerrero: su invisibilidad y su fuerte potencial de generar muerte. Y sobre todo el autor pondría el acento en dos características que estimará inusuales y particularmente llamativas: la facilidad de desplazamiento del guerrero invisible y por ello mismo indetectable por parte de aquellos que necesiten defenderse. Y, además, su circulación por cualquier país del mundo sin utilizar medios de transporte usuales y modernos en forma directa. “Sin pagar flete ni embalajes ni seguros”, dirían los que conocen de comercio internacional. Y otros, formados en las cuestiones militares, acostumbrados a términos como logística y estrategias de desplazamiento y acercamiento al objetivo militar, fincarán sus panegíricos destinados a este guerrero invisible en que no necesita ni uniformes, ni cascos, ni botas y ni siquiera las infaltables caramañolas. El agua es vida, el guerrero no puede dejar de llevar su provisión de agua en los típicos recipientes individuales de nombre tan rimbombante: caramañolas. Nada de todo eso. El guerrero invisible, liviano de cargas y dueño de todos los espacios enemigos, donde quiera que fuese, llueva, truene o quemen los soles o tiriten de frío los destinatarios de su acción guerrera, igualmente alcanzará su cometido. Ni ciencia ficción ni imitación a Bradbury. Crónica de un espantoso tiempo en el que la humanidad, más de 190 países del planeta, jamás pudieron cerrar sus fronteras para impedir el impetuoso avance de los guerreros invisibles y, por ello, desesperante para los centinelas.

Y uno se pregunta y no es sabedor ni de microorganismos ni de nanotecnologías, salvo la noticia palpable que tenemos del tamaño. Nos resistimos –es naturalmente humano, aún dotados de mediana inteligencia- a que pueda existir un virus (sí, de ese guerrero invisible se trata) que, a más de ser invisible (le atribuyen una individualidad monárquica, con corona y todo) contiene un chip con el programa de ataque y muerte como guerrero que es. Pero -dos veces, pero- no se pueden ver: ni el guerrero, ni las ametralladoras virtuales que lleva, ni el fusil que dispara proyectiles bacteriológicos. Una lucha desigual, muy desigual. Con toda razón los de la o-eme-ese (OMS) se esmeraron en decirnos que era una pandemia. Una democrática exaltación de la no discriminatoria. Pandemia en todos lados. Y para todos. Casi como una guerra total. Sin cuartel, sin piedad, perversidad a flor piel y de intenciones. Tanta fue la intensidad de la experiencia de convivir durante una pandemia que quien esto escribe decidió en cada uno de sus comentarios no mencionar al guerrero invisible por su nombre “monárquico” sino con el que cree más representativo de su aspecto y peligrosidad: “erizovirus”, con sus punzantes agujas emergiendo en redondo de un cuerpo negro, muy negro.

¿Estábamos preparados?

“¡Qué va, hombre! ¿No has visto acaso abarrotados los hospitales en su sección más demandada, la terapia intensiva? Sí, las he visto, desde lejos, en las fotos de LA GACETA, en la tele. Los médicos en un agotamiento riesgoso y de noble entrega, la carne de cañón de la metralla viral. Aquí, en Tucumán, en el país todo, en las naciones del mundo, no estábamos preparados para ninguna pandemia. Cuánto menos para la que provocó el guerrero invisible. Las medidas médicas casi desesperadas, casi a tientas de los sistemas sanitarios, las recomendaciones de los centros médicos del mundo mientras se esforzaban por conocer el modus operandi del erizovirus para desarrollar una vacuna eficaz, en el menor tiempo. Carrera contra todos los relojes del planeta, por la población del planeta en riesgo.

“Importancia militar”

Sólo recorrer la extensa lista de toxinas y agentes biológicos considerados de “importancia militar” -de la que dan cuenta los sitios informativos a los que se tiene acceso vía internet- provoca escalofríos de conciencia. Uno, naturalmente, casi “admite” que los tecnócratas de la guerra se ufanen por alcanzar mejores resultados de sus aparatos de muerte y destrucción en el campo militar. Se sabe que hay progresos tecnológicos y científicos en la trastienda donde ingenieros especialistas están empeñados en lograr armas más contundentes que incrementen el poder de fuego y su eficacia. Cuesta imaginar -aunque el resultado de esos esfuerzos es desparramar la muerte del enemigo circunstancial o de larga data del modo más efectivo para la victoria militar- que se investigue y se concretan resultados con armas biológicas que generen enfermedades mortales. O que desencadenen graves impedimentos a los seres humanos. La perversidad de las armas biológicas y químicas echa por tierra los fundamentos y las reglamentaciones humanitarias de los protocolos de Ginebra. De allí que los estrategas encuentren que tiene “importancia militar” la manipulación de los virus, bacterias y otros elementos de la naturaleza para generar muerte indiscriminada. En los apuntes en varias libretas de lo que terminó siendo un libro de Alberdi (“El crimen de la guerra”) publicado después de su muerte en 1884, el ilustre tucumano se refiere al “Derecho de la guerra: ‘Es decir el derecho del homicidio, del robo, del incendio, de la devastación en la más grande escala posible, porque esto es la guerra. Y si no es esto, la guerra no es la guerra’ ”. “La más grande escala” señalada por Alberdi es lo que representan hoy los arsenales nucleares de “Los Nueve” (EEUU, Gran Bretaña, Francia, China, Rusia, Israel, Corea del Norte, Pakistán e India) que boicotearon el Tratado Internacional de Prohibición de Armas Nucleares, vigente desde enero de 2021. (Argentina no lo firmó aún).

La bomba neutrónica

No descansa la ciencia ni la tecnología. En dos campos diferentes, antagónicos. En uno se esfuerzan por mejorar la vida del ser humano con avances sobre la protección de la salud, el medio ambiente y el desarrollo de tecnologías para el conocimiento en general y para lo que se denomina “calidad de vida”. En otro, el campo negro de toda negrura, de la abyecta oscuridad de la naturaleza humana. “El arma neutrónica, señoras y señores, de esta jornada de avances en el campo militar que estamos celebrando en esta Ciudad Luz que es París, tiene la enorme ventaja para el vencedor que sus ataques ni siquiera rasgan el revoque de los edificios. Quedan intactos como conquistas. El arma neutrónica que presentamos solamente ataca a la población de esos objetivos militares”. Nada más que decir. El lobo del hombre viene afilando sus dientes.

La pandemia nuclear

Si la preparación para afrontar los embates tenebrosos contra los seres humanos en el planeta por el virus de la pandemia originado en China era, a todas luces, desesperadamente insuficiente, está claro que ante una pandemia nuclear es nula. Hay que decirlo con la totalidad del abecedario: una guerra nuclear no admite treguas por su naturaleza automática de ataques y contraataques nucleares. Tanta es la destrucción que provocará una “pandemia nuclear” que resulta dificultoso objetivarla. Carl Sagan, el famoso astrólogo, coautor con otros científicos de todo el mundo reunidos en Washington (1982), publicó con algunos otros autores que participaron en la capital de EEUU un libro de divulgación científica: “El frío y las tinieblas” (después de una guerra nuclear). Leerlo genera una inmediata repulsión a todo ese sistema de armas nucleares. Hoy, con avances tecnológicos por los últimos 40 años, el panorama es apocalíptico. Más capacidad de muerte, de destrucción, de alcances y de puntería.

Anarquía mundial

Imaginar un intercambio de misiles con ojivas nucleares entre países que las poseen implica una vastedad de destrucciones y muerte. No es difícil suponer, por ejemplo, que el Palacio del Elíseo, sede del gobierno francés, sea bombardeado. La Casa Blanca en Washington, con igual suerte, sumado al bombardeo del palacio de Buckingham. Un desbande en Francia, EEUU y Gran Bretaña, sin gobierno por cúpulas destruidas con sus moradores y colaboradores en los respectivos gobiernos. Más similares acciones en Moscú y otras capitales y ciudades importantes de los países europeos lo cual –no es nada aventurado suponerlo- generaría un “natural” estado de anarquía. Esta vez una grotesca anarquía mundial, que se retroalimentaría de más anarquía entre los despojos humeantes de lo que fueran ciudades capitales de sus respectivos países, sin gobierno, a la deriva de una catástrofe humana sin precedentes en la historia.

Todos los datos disponibles, tales como las amenazas pronunciadas en el contexto de la guerra lanzada por Rusia; una OTAN poderosa por el número de sus integrantes; la muy débil capacidad de participación efectiva de la ONU, cuyo elegante edificio en NY pudiera ser alcanzado por misiles nucleares con objetivo Manhattan, hacen suponer que se agravaría el riesgo de una consecuente anarquía mundial con el efecto de una catástrofe humana de muy difíciles pronósticos. Todos pésimos. Catastróficos. Últimos.